jueves, 31 de octubre de 2013

10/12

 Quiero pasar la noche entre la brisa que deja el vuelo de su falda, cuando me asomo a la ventana y la veo bailando al borde del abismo de una de las estrellas más lejanas, esperando a que la mire para dejarse caer. Porque ella piensa que las venas que se dibujan sobre mis párpados son redes y que yo solo cruzo los dedos esperando no tener que verla precipitarse jamás, ni agarrarse al hilo de mis tristuras que sólo se deshilacha y retrasa el impacto. Lo cierto es que cuando cierro los ojos solo veo nebulosas de sangre que dan vueltas en mi cerebro, pienso en su rescate tantas veces al día y aguanto unas lágrimas a sabiendas de que soy la huida y las ganas de huir, a sabiendas de que estoy deseando que ella me dé la espalda para empezar a darles nombres a las constelaciones de sus lunares. 
 Pero no somos más que dos locos sordos con un pie en la línea esperando a oír el disparo para echar a correr. Y nunca llega. Porque nunca parece cansarse de soñar con auroras boreales cuando la dejo mirando al techo de gris en esas manchas de humedad que se ensanchan y le inundan el mundo. Llevo todavía en el pecho mi reloj de papel que a las diez y diez estático nació sin respirar, para recordar que si me canso del mecanismo de la vida, si le falta aceite y escuece, puedo ir a saltar de engranaje en engranaje, de diente en diente, cuando todo se vuelve oscuro y es más fácil mirar dentro de nosotros. Todo el mundo tiene a libertad encerrada en jaulas de papel, yo sólo escribo sobre esas jaulas. Duele demasiado estirar el brazo intentando alcanzar la distancia infinita hasta el lugar donde el espacio acaba. Donde empieza el nuestro para empujarla con el dedo. Y dejarla caer, hacia el interior. 
De mis ojos.