Seré la envoltura, la piel que me dejó en vacíos por escasez de alma, y un porqué mis veintiún gramos se quedaron en siete.
Vértigo sobre tus vértices que me llama a saltar como si hubiera mañana, como si el peligro fuera uno de aquello problemas que me trajo a tu cielo de siete estrellas como constelación única, como si al cerrar los ojos el infinito no pesase nada sobre nuestros párpados.
Que accidentarme en tu caos no es tropezar y atarte a mí, es bajar las persianas y rezar porque la ciudad no nos trague en lo que dura nuestra tragedia.
Letras polares caen de los tejados al doblar la esquina del papel cansado de días lejanos que no olvidan, aún susurran nombres en lenguas difíciles y atormentan más que ayer.
Callas y decides dejar de buscar y leerme entre inviernos y si por querer querría arrugas bajo arrugas de tus sábanas, derramaste un gris sobre un gris que no era el mío y te gustó la mancha.
Vas a evaporarte hacia el núcleo de tu desastre.
Se oxidaron las agujas de agua caliente en una esquina de la ducha que te extraña cuando estás y cuando no, empezamos a contar por el final y echamos la llave, segundos actúan por inercia.
El cerrojo aún espera y mi engranaje necesita aceite y otro color, pero yo en ningún momento dije búscame.
Y sin embargo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario