martes, 27 de agosto de 2013

Qué voy a contarte yo de felicidad si nací en enero.

   Me rompió con cuidado. 
 Y de miedo escapó lo bastante lejos
 para llenar de vacíos mis hojas en blanco.
 Porque tiemblo despacio pero mis avalanchas te dejan en ruinas, decidí así nunca más amar. 
 Cayó al suelo y rescaté de la luna perdida, entre mis dedos: seiscientas noches lunares sobre tu espalda. 
 Se hundió la noche en Bohemia y en tus ecos mis oídos.

 Abrí cansados los párpados para sacar de allí. 
 la imagen de la musa de andares lentos que se aleja 
 bajo los zapatos de terciopelo que cuelgan de los cables, 
 empezó a fingir que los días no existen y que ni el tiempo, puede curarla. 
 y cada viernes
 el cielo proyecta el reflejo 
 de los charcos limpios de lluvia. 
Y sigo bailando sin música. 
Se hundió mi musa en Bohemia y en tus ecos mis oídos. 

 Soy tormenta.
 En el café removí el pincel, lo posé en el lienzo, pensaba hacer magia. 
 Pero el truco empieza al abrir mis arterias. 
Para pintar en brown y carmesí tus labios de sangre acuarela
 sobre la seda gris ciudad. 

(A veces ella toma sus pastillas. 
 todas de golpe y súbitamente, 
   los aplausos se apagan.)

Se hundió el pincel en Bohemia y en tus ecos mis oídos. 

 Como si vivimos dentro de una foto que alguien incendió dentro de ciento veintiún años y son todo cenizas. (y al aire)
 No le cabe duda, ni una más. A la niña boreal, un segundo de silencio, Moldava, en tu noche infinita, Moldava, un segundo por ella. Este suicida está enamorado de aquel puente. 
 Se hundió la noche en Bohemia.
 y en tus ecos
 mis heridas. 


miércoles, 7 de agosto de 2013

Horología.

 Dijo que íbamos mal por aquel camino. Pero si es por perderme podría jurar que sus ojos son. 
 lo más cerca de la libertad que he estado. Y lo más cercano al abismo. Seguía con la mitad de los dientes rotos mi engranaje y en la relojería a la que me enviaste dijeron que los rotos del corazón no se arreglan con atardeceres tristes. (Ni al frío tacto del cuello de la botella) Ni con besos de plástico. Ni versos de latón. 
 Dijo que íbamos mal por aquel camino, que para celebrar aún era pronto. A veces se tropieza al final, con todos los sueños bien doblados dentro del armario y con olor a naftalina. Es que mis libros eran tus libros, pensé que eso era compartir el alma por encima de cualquier sábana sucia y cansada. Y podría jurar que eso es lo más cercano a la felicidad que he visto. 
 Dijo que íbamos mal por aquel camino. Pero no añoro yo ni quiero añorar las noches en las que mis ojos abiertos se apoyaban secos contra la almohada. Y no es que haya retorno, cuando llegaste bajé mi jaula y mi máscara de papel al contenedor de la esquina. Mi medicina en un día de fiebre, pero no curas mis espejismos. Pensabas curar mis desastres. Pero aún es pronto para enamorarme enamorarnos. Y como si no fuera a serlo siempre, ojalá pudieras adaptarte a mi caos...
 Dijo que íbamos mal por aquel camino. Que no me parecía a ningún animal que antes hubieras visto. Que después de tu tercera capa de infiernos ya no me encuentras, aunque yo seguiría encontrándote después de la última. Que querrías que yo fuera bella, o que al menos mi alma, viviese en tu bolígrafo. Sabes que mis cielos siguen grises y mis tazas vacías. Y si vas a marcharte, no te dejes tu olor en la puerta. Yo no quiero recordarte ya. 
 Dijo que íbamos mal por aquel camino. Y en ese camino a mi vena cava superior le dio por romperse. Las heridas del corazón no se curan con golpes. 

Escribí tres poemas, lloré otros cuatro, vomité otros cinco. 
Aún no sé hacerlo mejor que esto.