lo más cerca de la libertad que he estado. Y lo más cercano al abismo. Seguía con la mitad de los dientes rotos mi engranaje y en la relojería a la que me enviaste dijeron que los rotos del corazón no se arreglan con atardeceres tristes. (Ni al frío tacto del cuello de la botella) Ni con besos de plástico. Ni versos de latón.
Dijo que íbamos mal por aquel camino, que para celebrar aún era pronto. A veces se tropieza al final, con todos los sueños bien doblados dentro del armario y con olor a naftalina. Es que mis libros eran tus libros, pensé que eso era compartir el alma por encima de cualquier sábana sucia y cansada. Y podría jurar que eso es lo más cercano a la felicidad que he visto.
Dijo que íbamos mal por aquel camino. Pero no añoro yo ni quiero añorar las noches en las que mis ojos abiertos se apoyaban secos contra la almohada. Y no es que haya retorno, cuando llegaste bajé mi jaula y mi máscara de papel al contenedor de la esquina. Mi medicina en un día de fiebre, pero no curas mis espejismos. Pensabas curar mis desastres. Pero aún es pronto para
Dijo que íbamos mal por aquel camino. Que no me parecía a ningún animal que antes hubieras visto. Que después de tu tercera capa de infiernos ya no me encuentras, aunque yo seguiría encontrándote después de la última. Que querrías que yo fuera bella, o que al menos mi alma, viviese en tu bolígrafo. Sabes que mis cielos siguen grises y mis tazas vacías. Y si vas a marcharte, no te dejes tu olor en la puerta. Yo no quiero recordarte ya.
Dijo que íbamos mal por aquel camino. Y en ese camino a mi vena cava superior le dio por romperse. Las heridas del corazón no se curan con golpes.
Escribí tres poemas, lloré otros cuatro, vomité otros cinco.
Aún no sé hacerlo mejor que esto.
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