jueves, 1 de noviembre de 2012

Confesiones.

 Él era un joven viejo, triste y loco. Él estaba solo, y murmuraba a veces palabras fugaces, melancólicas y se las llevaba el viento. Nadie sabía que pensar de él, quizás eso pretendía. Podía pasarse una tarde, mirándote a los ojos sin decir nada. Podía comprender, mirar en lo más profundo de alma. Respondía. A aquellas preguntas que nadie se formula, a aquellas que llevamos dentro. Él era un estudioso, un sabio, un soñador. Todo a la vez, y en la misma medida. Te hablaba de ojos que por última vez se cerraron hace mucho. De las mujeres más hermosas. Del placer más absurdo. Ser, de piel y huesos incomprendido. Poseedor de la inteligencia más fascinante que pisó el universo. 
 Nadie lo recuerda ya. No somos más que polvo que se mueve en espiral. Nadie va a ninguna parte. Nacemos, morimos. Nos echamos de menos. Y, finalmente, nos olvidamos. Decidí que nada ha de ser perfecto. Pero gracias por todo. 

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