Bañeras llenas de agua fría hasta la mitad. Infusiones de menta. Cielos grises, ventanas abiertas. Colchones sin funda, colchones rotos. Habitaciones que se quedan vacías, ojalá vacías de recuerdos. Parpadeo, espejismo y estás aquí. Casi puedo oír tu voz. Me dejo caer, pero sin derrumbarme, ~o eso intento. Y puede que ahora estés encerrado entre las cuatro paredes de mi mente. Que ya no son más que paredes, sin puertas ni ventanas, y no puedes escapar. Pero yo lo intento. Intento escapar, por todos los medios. Y tú ya no recuerdas ningún domingo, ninguna ventana abierta, ningún cielo gris. Ya no recuerdas la importancia de tu respiración, lo tibio de tu aliento. Ni de que reímos, ni lloramos, ni por qué nos gritábamos en cada habitación. Pero ya no te echo de menos, lo juro. Ni en lo más profundo necesito ver otra vez tus ojos clavados en los míos, no. No vas a volver. Ni mañana ni nunca. Es difícil culparte, quién volvería. ¿Acaso un animal se encierra en su propia jaula? No hablamos de amor, porque no, yo no te echo de menos.
-Los gatos que no tengo maúllan por la noche a los gatos que tú no tienes.
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